Descripción
En 1880, en una pequeña localidad de Alemania, Margarete Steiff cosía animales de fieltro con una sola mano. A los 18 meses contrajo poliomielitis y quedó paralizada de por vida. Se movía en silla de ruedas en una época que no contemplaba a las personas con discapacidad, y mucho menos a mujeres con sueños propios.
Pero contra todo pronóstico, abrió su taller, rodeada de telas, dedales y coraje. Uno de sus primeros diseños fue un elefante de fieltro, pensado como alfiletero. Sin embargo, los niños comenzaron a jugar con él, abrazarlo, dormir con él… y así, sin saberlo, Margarete creó el primer peluche de la historia.
“El Elefante de Steiff” habla de ese origen, pero también de sus heridas. El elefante llora, con alfileres aún clavados. Detrás, dos niños lo empujan como parte del espectáculo. Pero uno se detiene. Lo acaricia. Lo ve. En ese gesto silencioso nace la empatía.
Este cuadro enlaza con una historia personal: de pequeña me encantaban los animales. Soñaba con ir al circo. Mi madre no quería llevarme, y yo no entendía por qué. Un día accedió. Recuerdo a los elefantes: delgados, tristes, casi vencidos. Fue desconcertante. No volví. Allí comprendí que no todo lo que se celebra es justo, y que hay miradas que pueden romper el espectáculo.
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