Descripción
-VENDIDO-
De niña pasaba parte del verano en casa de mis tíos; recuerdo la cocina llena de humo de farias mientras mi tío veía los toros por televisión. Aquella mezcla de fascinación y rechazo se me quedó grabada, y de ahí nace El Santo.
He retratado a un toro de lidia con una aureola dorada y, bajo la oreja, la pequeña cruz roja que alude a la herida donde el ganadero marca su hierro. Quise rendir homenaje a su belleza serena y, al mismo tiempo, expresar la pena que a muchos le provoca. En una esquina pinté unas flores, como un gesto de respeto fúnebre.
Trabajé con empastes gruesos y una luz cálida, casi sacra. En el centro del cuerpo dejé un vacío de pintura: una ausencia que simboliza la convivencia difícil —y muchas veces injusta— entre humanos y animales.
La obra se entrega con su certificado de autenticidad firmado por mí, sin coste adicional.
Gastos de envío gratis a cualquier parte del mundo.



